lunes, 20 de febrero de 2012

Microrrelato ( I )

Y aquí dejo mi otra creación literaria de cara al mismo certamen de la Carlos III, en este caso en la categoría de relato corto. Dada su extensión lo iré posteando en entradas diferentes. Aquí la primera:



Sobre la frontera:


Exageradamente blanca era la nieve que caía sobre Nueva York en una mañana del invierno de 1962. Así la veía Jerôme desde la ventana de su recogido apartamento en Long Island, en plena frontera entre Brooklyn y Queens frente a la orilla del río Hudson con Manhattan en el horizonte.

Tras echar un vistazo a la nieve, Jerôme se dirigió a la cocina para prepararse el desayuno en la pequeña cocina que era prácticamente un componente más del salón. No era un apartamento especialmente bonito ni tenía una gran comunicación pero el alquiler era asequible para un hombre soltero que estaba buscándose la vida como fotógrafo ocasional para una revista local, llamada ‘New Order’.

Trabajo que compaginaba con el de estibador en el puerto, algo muy común entre aquellos hombres que llegaban a Nueva York desde la América sureña sin más recursos que su propia astucia y ambición de prosperar. En el caso de Jerôme, este llegaba desde Baton Rouge, una ciudad del área metropolitana de Nueva Orleans en el estado de Louisiana.

Había terminado de desayunar y se dirigió al baño. Allí se apresuró en asearse la cara y la boca. Después se vistió con gruesas prendas como un jersey de lana y pantalones de pana, aderezados con una kilométrica bufanda y un gorro. De esta manera podía combatir mejor el frío.

Salió por la puerta de su piso y bajó rápidamente las escaleras desde la cuarta planta en la que vivía hasta el portal, donde le devolvió el saludo a Curtis, el anciano portero negro de la finca que llevaba trabajando allí unos 34 años y que gozaba de gran presencia y no menos educación. Abrió la puerta de madera color cobre y se dirigió a la parada de autobús a la que se encaminaba de lunes a sábado todos los días del año (menos en fiestas nacionales) a la misma hora, las 8 en punto de la mañana. El bus le dejaba en frente de la bahía y desde allí caminaba alrededor de 15 minutos cada día hasta llegar a la zona de estibación del puerto.

Llegó a su puesto y se cambió de ropa en unos vestuarios que había en la garita de control y administración de mercancías químicas, que eran las más comunes en la división en la que trabajaba Jerôme. Guardó sus pertenencias en la taquilla que solía utilizar y se metió la llave en un bolsillo de su desgastado mono azul que el tiempo había vuelto un tanto grisáceo. Después de cruzar unos pocos cientos de metros de dejar atrás grúas de carga y descarga se encontró con la cuadrilla de trabajo y mantuvo una breve conversación con su jefe, Casey, sobre los objetivos y la planificación diaria del trabajo. Nada más terminar la charla se dispuso rápidamente a trabajar ya que ese día iba a ser especialmente laborioso. Tenían que recibir un gran cargamento de plástico que sería enviado a una planta de transformación y de la que saldrían principalmente envases y compactos componentes electrónicos.

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En breves volveré con más pero no mejor porque es imposible.

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