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Sobre la frontera
Se oyó el disparo y la joven marabunta se asustó. Después
oyeron más y percibieron que era algo que se asemejaba a los fuegos
artificiales. Cuando se disponían a ejecutar a Christine llegó el sheriff y les
avisó de que si lo hacían ellos también serían ejecutados. Les explico que el
gobernador del estado estaba de visita en la ciudad de cara a las elecciones
del año que viene y muchos medios estatales y nacionales le habían seguido. El
gobernador, de nombre Charles Phelps, se había ganado cierta fama por hacer una
firme defensa en distintos medios de la igualdad de oportunidades para todos
los americanos sin distinción de algún tipo. En Tennessee no tenía gran fama pero
sus múltiples contactos con la banca local y los terratenientes habían
conseguido que la economía de la región se disparara los últimos 5 años y su
reelección parecía casi asegurada. El gobernador tenía como premisa fundamental
en los pueblos y ciudades que pasaba que no hubiera altercados de ningún tipo.
De esta forma, el sheriff hizo liberar a Christine. Además le dio unos pocos
dólares para que tomara un tren a cambio de que no volviera a pisar Chattanooga
y Tennesse jamás. Christine tomó el primer tren dirección Chicago. Al parecer
allí hizo vida hasta 1965 y consiguió un trabajo de secretaria para el fiscal
del distrito, con el cual se terminó casando y teniendo un hijo y una hija.
Jerôme se despertó tras el golpe en medio de una planicie en
frente de la carretera. Al levantarse podía ver el cartel que rezaba
‘Bienvenido a Chattanooga (donde solo la gentileza de sus gentes puede superar
la belleza de su naturaleza)’. Tras recobrar bien el sentido del equilibrio y
sufrir un par de flashbacks Jerôme recordó como había llegado hasta allí y que
le había ocurrido a su hermana Christine (o, al menos, lo que creía que le
había ocurrido). Decidió que era inútil buscar el cadáver de su hermana y que
lo mejor que podía hacer para honrar sus memoria y la del resto de los
Mayflower era convertirse en un hombre de provecho y que llegara a lo más alto
desde las costumbre y la cultura afroamericanas. Corría el final del año 1959.
Tras realizar algunos trabajillos en pueblos cercanos, Jerôme reunió el dinero
suficiente para comprar un billete de autobús. Pero solo podía llegar hasta
Filadelfia. Jerôme fue hasta Filadelfia. Allí trabajó hasta finales del verano
de 1960 trapicheando y como conductor ocasional de camiones. Una vez consiguió
suficiente dinero, emprendió el rumbo a Nueva York, donde quería ir desde un
principio. Un mes después de su llegada conoció a Michael cuando Jerôme le
socorrió en un atraco. Se hicieron rápidamente amigos y Michael consiguió que
le contrataran en el puerto.
Cuando Christine terminó su parte del relato Stella apenas
podía mantener el tipo. Se derrumbó a llorar sobre los brazos de Christine.
Ambas sabían que Jerôme jamás descubrió que le pasó a su hermana y que ese fue
uno de sus mayores acicates a la hora de actuar con los demás. Stella se secó
las lágrimas con un pañuelo y se le dibujó en la cara una sonrisa que expresaba
alivio por conocer el pasado de su difunto marido y orgullo por lo que había
llegado a hacer. De repente le dijo algo a Christine:
-
¿Puedo llamarte entonces cuñada? – dijo Stella en un
tono socarrón y distendido.
-
Supongo que sí. Querida, tú puedes llamarme como
quieras. – contestó Christine.
-
¿Y puedo decirte algo? – preguntó Stella.
-
Claro, para eso está la familia. – replicó Christine.
-
Creo que además de cuñada vas a ser tía. – comentó
Stella.
-
¿En serio?¿Estás segura? – respondió sorprendida y
alegre Christine.
-
Completamente. – zanjó Stella.
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La décima y última parte,al fin.
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